Aún falta un buen tramo para que llegue el 24 de diciembre, pero Arequipa ya empezó a oler a Navidad. No es un aroma literal (aunque el anís y el chocolate ya asoman en las vitrinas). Es más bien esa mezcla de luces, sonidos y rituales que anuncian que el año está tocando su última puerta.
En varios distritos los árboles gigantes volvieron a ocupar su sitio habitual. En Cerro Colorado, el encendido llegó con música. Desde Yanahuara, las fotos familiares que hicieron fila desde temprano; y en Cayma, con niños que miraban las luces como si fuese la primera vez que las veían. Cada barrio tiene su propio modo de recibir diciembre, pero todos parecen ponerse de acuerdo en algo: es tiempo de encender, aunque sea un poquito, el ánimo.
El Centro Histórico también dio por iniciado el ritual. En la Plaza de Armas, las luces ya rodean los balcones y los arcos; las palmeras se vuelven columnas de luz, y los turistas levantan sus celulares como si la Navidad fuera un espectáculo que solo se repite una vez. Frente a la Catedral, el nacimiento ya está armado. Pastores, animales, luces cálidas y un portal que, aunque sea el mismo cada año, siempre logra detener a más de uno. Las familias se acercan, señalan figuras, hacen promesas en silencio.
Los villancicos tampoco se quedan atrás. La agenda cultural de diciembre se empieza a llenar con conciertos en iglesias, colegios y centros comerciales. Coros juveniles afinan voces, ensayan “Noche de Paz” y preparan ese repertorio que, aunque repetido, nunca pierde la magia. Es curioso: la ciudad puede estar llena de ruido, tráfico y calor, pero cuando un coro empieza, todo se ablanda por un instante.
En los mercados ya se alzan montañas de panetones, cajas rojas, azules, verdes. Algunos vendedores prenden parlantes pequeños, otros cuelgan guirnaldas en cada esquina. La gente pregunta precios, compara marcas, evalúa presupuestos. Es la misma escena de todos los años, pero cada diciembre llega con historias nuevas: familias que vuelven a reunirse, otras que ya no estarán completas. Con hogares que celebran en grande y otros que apenas arman un arbolito pequeño, pero lo hacen igual, con cariño.
En las calles, el clima también contribuye a este ambiente anticipado. El sol golpea fuerte, las tardes se vuelven largas y las noches (aun frías) empiezan a teñirse de luces intermitentes: rojas, verdes, doradas. Es diciembre abriéndose paso, recordándonos que el año está por terminar, que quizá falta tiempo para ordenar todo, pero al menos algo en la ciudad promete calma.
Porque si algo tiene la Navidad, más allá de regalos, compras o cenas, es esa capacidad de detenernos. Las luces hacen que miremos hacia arriba, los villancicos nos hacen bajar la velocidad, y los nacimientos nos recuerdan que hay rituales que resistieron al tiempo y todavía tienen un lugar en nuestras vidas.
Arequipa empieza a encenderse. Y aunque cada quien viva estas fechas a su manera con ilusión, con nostalgia, con cansancio o con esperanza, basta caminar por sus calles para sentir que, de alguna forma, la Navidad ya llegó.


