
"La frase corta alarga la vida laboral del redactor": Daniel Samper Pizano
Por: Marcos Mamani Quispe
Crónica
Ya es muy tarde para vender periódicos. Son las 8 de la noche. A menos que tengas tu puesto en el centro de la ciudad donde los transeúntes van y vienen a raudales. Pero no. Estás aquí vendiendo tus periódicos en el puente Santa Rosa de Mariano Melgar donde lo único llamativo es una pollería. Y ni siquiera tienes un puesto, porque tus periódicos están extendidos en el suelo y la gente que baja de los micros y pasan por tu lado, ni se da la molestia de leer los titulares y sólo te observan como un pobre viejo o un viejo loco y continúan su camino. Pues ahí sí que es difícil que vendas alguno de tus periódicos. Pero a ti eso no te importa. Has caminado al paso de una tortuga, apoyado en tu bastón durante todo el día con los periódicos bajo el brazo y por fin como a las 6 de la tarde has llegado aquí, has extendido tus periódicos, te has sentado en la vereda, has dejado tu bastón apoyado en el poste de luz, has abrigado con una manta esas piernas débiles con reumatismo y por fin te has puesto a descansar.
LA JORNADA DE HOY
¿Cuánto has ganado hoy? 8 soles. Eso no justifica la sacrificada jornada que has tenido. Te levantaste a las 4 de la mañana, te pusiste tu chullo con orejeras para resistir el frio y has tomado un carro hacia el Centro de la ciudad para recoger los periódicos. Cuando la luz del día ha invadido la ciudad, ya has emprendido la caminata ofreciendo ese macizo de papeles coloreados y con letras. Tu recorrido empieza en el Centro, después te vas a Mariano Melgar y terminas en Paucarpata. Te ha dolido la espalda por el peso de los periódicos, te ha dolido las piernas por el reumatismo, el reumatismo no tiene cura te ha dicho el doctor. Crees que tu reumatismo se debe al duro trabajo de obrero de construcción que tuviste cuando eras joven. “Siempre andaba con mis pies mojados”, te lamentas. Para aliviar el dolor te echas una frotación que venden en botellita en la Feria del Altiplano. Dices que ganas 10 centavitos por periódico, lo que cuesta un caramelo. Te gustaría vender muchos diarios de El Comercio. Se gana un sol cincuenta por periódico. “En pueblos jóvenes como este no compran este periódico, porque cuesta tres cincuenta y los domingos cinco soles”, explicas. Y cuando la noche ha caído, has llegado al puente Santa Rosa y aguantas el frío que carcome tu envejecida piel. Como a las 10 de la noche te vas a tu casa. Esperas que tu esposa Apolonia, que también es canillita, haya vendido un poco más porque tú. Jorge Sallauco Neimamani, has ganado 8 soles el día de hoy.
MÁS PESANTE QUE LOS PERIÓDICOS
Caminas encorvado por la vejez, pero también lo haces por las muchas preocupaciones que atraviesas. Tienes 9 hijos. Mujeres y hombres. Te refieres a ellos como si fueran niños: “El mayorcito tiene 40 años, el chamaco 24 ó 22”. Algunos trabajan, otros no. No hay trabajo, te han dicho. Mueves la cabeza cuando te refieres a uno de ellos: “Me ha salido torcido, le gusta tomar”. Tú pagas la luz y el agua. Ninguno de ellos te apoya. “Ya se darán cuenta, no tienen experiencia”, los justificas esperanzado. Una vecina cercana te acaba de comprar un Popular y dice que tu hija se esconde por aquí y que te grita cuando no vendes periódicos. Ya has perdido la esperanza en tu jubilación. Por si fuera poco Jorge, te ha atropellado un carro hace dos años y ha agudizado tu reumatismo. “El carro me botó al suelo, no pasó encima de mí, sino, peor hubiera sido el maltrato”, recuerdas risueño como si hubiera sido una aventura.
TU ANDAR ES ETERNO
Ya son las 10:15 de la noche. Ahora sí está desolado el puente Santa Rosa. Pasan pocos carros. Algunos noctámbulos cruzan cautelosamente con sus casacas cerradas hasta el cuello. Los perros caminan con el hocico al ras del suelo buscando comida. La pollería aún sigue abierta. Aunque Jorge no tiene reloj sabe que ya tiene que marcharse. Pero antes de eso, dice que es puneño. Me miras con esos ojos apeñuscados y tranquilos que parecen perderse en el vacío como si los recuerdos te invadieran por dentro. Recuerdas tu pueblo de Rosaspata que queda en la frontera de Perú y Bolivia. “Lo más hermoso de allá es el lago Titicaca, por eso le dicen la ciudad azul”, aclaras. Pero ya es hora de marcharse. Coges los periódicos con esas manos arrugadas y callosas, manos de trabajo, te apoyas en tu bastón y te diriges a tu casa que queda a 8 cuadras de aquí. Tu regreso parece una peregrinación. Pareces el hombre más cansado de la tierra. Una cuadra lo haces en 10 minutos o más. No caminas por la vereda. Los carros pasan por tu lado, muy cerca. Te pueden volver a atropellar. Las luces de sus faroles te delatan en la oscuridad de la noche. Un taxista se pregunta: “¿Dónde vivirá este abuelito?”. Tú continúas caminando y todos te vas dejando atrás, porque tu andar es eterno, infinitamente eterno.